sábado, 12 de febrero de 2011

¿QUÉ PASA CON LA SAL?

LA SAL DE LA TIERRA, ¿MÁS INSÍPIDA TODAVÍA?

Marcos nos va contando estos días las actuaciones sanadoras y benéficas de Jesús con la gente, eso que los mitómanos hemos llamado “milagros”. Hoy sábado 12 de Febrero, Jesús se enfrenta al problema mundial del hambre en el mundo (Mc. 8, 1-10)… Ayer mismo, el pueblo egipcio, también espoleado por la miseria, de forma pacífica, ha depuesto al corrupto y autoritario presidente Mubarak, paso histórico.
(¡Atención, occidentales!: No os volváis de pronto tan demócratas, aireando vuestra alegría, porque tendréis que dar cuenta de los más de treinta años que habéis estado manteniendo este “poder dictatorial y corrupto” simplemente porque creíais que era vuestro guardaespaldas frente a los islamistas y a favor de las infamias de Israel contra los palestinos…)
Jesús hizo milagros y los sigue haciendo cuando los suyos (o cualquier otro, aunque no lo sepa) cumplen el único mandamiento: el amor desinteresado y eficiente, la solidaridad realizada y no sólo proclamada.
Pero la sal de la tierra lleva veinte siglos perdiendo más y más su sabor, sobre todo en las cumbres de su jerarquía. Otra perversión, porque “no llaméis a nadie Papa, ni Maestro, ni Señor”, porque no tenéis más que a uno”. Pero preferimos el Becerro de Oro. Perversión –pérdida del sabor- en los jerarcas, dedicados sobre todo a acrecentar el poder, prestigio y riqueza del Sacro Tinglado; a juzgar y condenar a los pastores o laicos que insisten en la autenticidad evangélica. Perversión –pérdida del sabor- en los teólogos y pensadores, obsesionados por aclarar y distinguir la naturaleza de Dios, de las divinas Personas, de la divinidad del Verbo y de la Encarnación de la divinidad, de la concepción inmaculada de la Madre, de su virginidad asombrosa; a defender la contradictoria infalibilidad del Obispo de Roma, su superioridad sobre los Obispos de Constantinopla o Moscú; el derecho a torturar y matar a los que se aparten de la fe tal y como es definida por ellos; a justificar guerras santas para salvar la tierra de Jesús en la edad media, la ortodoxia frente al protestantismo en otros siglos o ¡hasta el nacionalcatolicismo español o latinoamericano en el siglo XX!… y un etc. etc. larguísmo, que como serpiente venenosa repta y mata a lo largo de veinte siglos y medio. Perversión de los moralistas, que han vuelto destripar el único mandamiento y en mil obligaciones con amenaza de infierno o purgatorio, imponiendo un celibato que enflaquece el servicio pastoral e insulta a las leyes de la naturaleza y la libertad personal. Perversión de los liturgistas, porque “esta no es ya la Cena del Señor”…
Las catástrofes naturales, cuando no hay culpabilidad humana de por medio, son un misterio ante la absoluta providencia amorosa del Padre, pero en todas las demás desgracias, enfermedades y sufrimientos de la humanidad aparece con toda claridad el egoísmo, la insolidaridad, la crueldad, la venganza, el odio, la violencia que Jesús condenó de forma terminante. Su tuviéramos amor, otro mundo sería no simplemente posible, sino real, pero los cristianos, las culturas derivadas del cristianismo y todas las otras culturas en lo que tienen de insolidarias y perversas también, estamos dedicados a otras cosas, y así nos luce el pelo. Jesús es el Salvador, el Sanador, el Camino, la Verdad y la Vida, pero el seguimiento de Jesús Él no lo impone: simplemente lo acerca a nuestra debilidad y nos anima a ello. Y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, aunque no les haya llegado La Buena Noticia con tarjeta identitaria cristiana.