miércoles, 5 de enero de 2011

HAY QUE MORIRSE, PERO ¿CÓMO?

Pues nada, simplemente muriéndose. De una de las mil maneras posibles: ¿mil?, ¿trescientas mil? ¿tropecientas mil? , incontables maneras, porque en realidad sólo hay una: una para cada uno, imprevisible, impreparable, la suya misma. Eso es lo que hay, como la vida misma de cada uno. Una de estas noches, en vez de coger el sueño, lo solté, y escribí: "Sólo a los privilegiados Dios los enfrenta a su propia muerte. La vida de los seres humanos, por razones bastante "inhumanas" -o demasiado humanas, vaya usted a saber- se ha ido llenando de tantas salidas antihumanas, que la llegada esperada, dialogada, asumida, soportada y hasta aceptada (¡!) de la propia muerte, la de uno mismo, pone al espíritu humano de nuevo en su camino... Muchísimos se mueren de pronto, en un minuto, de repente, al parecer sin enterarse de que se morían. Por el contrario, un día de este fatídico 2010, un gran amigo es capaz de escribir, de anunciarnos a sus amigos la "buena noticia" de su posiblemente cercana muerte.
Lo malo es cuando uno no se muere de su auténtica muerte, la que se desprende de su propia vida, como dijo el poeta; cuando se vive como si el final nunca se fuera a producir. El lunes 9 de agosto me viene la tremenda noticia, no menos tremenda por esperada: Paco ha tenido una fuerte recaída y se está muriendo, en pocos días al parecer. Voy a verlo en su planta de cuidados paliativos -la séptima: "y al 7º, descansó"- y me encuentro con una serenidad, una esperanza, un ánimo desconcertantes para quienes no sepan de la hondura de su fe de niño en brazos del Padre. Me releyó el soneto de Casaldáliga sobre la victoria-derrota de la muerte, y me devolvió dedicado con su propia letra el regalo que yo le había llevado. Me traigo en el alma el tremendo testimonio de un seguidor de Jesús. Amigo entrañable, conversador impenitente, corresponsal de toda comunicación, bloguero, polemista en lo divino y lo humano, hermano del alma, maestro en el saber morir. Hasta pronto.

1 comentario:

  1. LA PEQUEÑEZ Y LO INABARCABLE

    En algo todos estamos de acuerdo, creyentes y no creyentes, listos y torpes, cultos e incultos, pobres y ricos... cuando nos ponemos en nuestra verdad: ¡qué pequeños somos! En realidad no estamos en absoluto de acuerdo, porque cada uno se siente bien consigo mismo y con sus límites -salvo los utópicos y los acomplejados-. En ello resuena el eco del maestro Descartes: "El buen sentido (bona mens) es la cosa mejor repartida del mundo; pues cada uno piensa estar tan bien provisto de él que hasta aquellos que son más difíciles de contentar en cualquier cosa, no suelen desear más del que ya tienen". Pero en realidad, ante el horizonte seguro de la Muerte, habría que confesar valientemente que somos absolutamente pequeños, inermes ante cualquier avatar imprevisible y mucho más ante las Fuerzas incontrolables. Pero en el fondo de tanta debilidad, brilla lo único grandioso y divino: el Amor, más fuerte que la Muerte.

    ResponderEliminar